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Riesgos globales en 2014

Vik AdNetwork | 19:47 | 0 comentarios

Por: Emilio Ontiveros | 31 de enero de 2014

El World Economic Forum, más allá de la significación que tenga el encuentro anual que auspicia esta organización todos los años en Davos, está acentuando su influencia a través de la publicación de informes que cada año disponen de una mayor relevancia. Aunque solo sea para incitar a la discusión. No solo es el caso del primigenio y también el más difundido World Competitiveness Report. El que está despertando un mayor interés en los últimos años es el relativo a los riesgos globales, ahora en su novena edición. Un “riesgo global” es definido como aquel episodio que origina un impacto negativo significativo en varios países y sectores económicos a lo largo de un periodo de tiempo de hasta 10 años. Su naturaleza potencialmente sistémica es uno de sus rasgos: disponen de la capacidad de afectar al conjunto del sistema.

Para su elaboración, el WEF refleja opiniones de 700 directivos empresariales y decisores públicos acerca de la evolución de los que consideran riesgos que amenazan a la estabilidad global. Se han identificado más de 30 categorías de riesgos, y merece la pena observar cómo van evolucionando esas preferencias en estos nueve años, tal como se refleja en la tabla 2, y cómo interactúan entre ellos.

En la tabla 1 se refleja la clasificación de los 10 riesgos generadores de mayor inquietud en los encuestados. Aunque a tenor de la experiencia todavía vigente son los riesgos asociados a la emergencia de crisis financieras los que más preocupan, inmediatamente detrás aparecen dos de sus consecuencias más visibles: el elevado desempleo, su enquistamiento hasta convertirse en desempleo estructural, y la acusada ampliación en la desigual distribución de la renta.

Este último ya viene siendo destacado como una de las consecuencias más inquietantes de la crisis. Pero, en realidad, la ampliación de la desigualdad ya podía observarse desde las dos décadas anteriores a su emergencia, tanto en las economías emergentes como en las consideradas avanzadas. La OCDE y el Banco Mundial están entre las instituciones que lo habían demostrado suficientemente. También más recientemente Intermon Oxfam, que ha presentado precisamente en Davos su propio estudio. En particular, la fase de crecimiento que condujo a la crisis ofrece resultados desalentadores. No solo las diferencias en cualificación ayudan a explicar las diferencias en renta, sino también las diferencias en el seno de sectores, con el financiero destacando sobre el resto. A medida que se conocen datos de los efectos de la crisis, esa desigualdad es mayor. En algunos países la amenaza a la desaparición de las clases medias no es precisamente una alarma exagerada.

El ascenso del desempleo ha sido la consecuencia más inmediata y explícita de la crisis que ha dispuesto de un mayor impacto en la distribución de la renta. Además, el elevado desempleo y las reformas que en algunos países se han llevado a cabo en el mercado de trabajo han presionado a la baja los salarios de los empleados. Una fuente adicional de esa distribución regresiva han sido las propias políticas fiscales tendentes a sanear las finanzas públicas. En la eurozona, la austeridad ha significado reducción de partidas de gasto socialmente sensibles, y en ocasiones aumentos de impuestos de forma indiscriminada según la renta. En ambos casos, los segmentos de población mas afectados han sido los de menor renta y riqueza. Recortes en partidas como educación penalizan seriamente un principio básico en las sociedades modernas, el de igualdad de oportunidades, además de hacerlo con la necesaria dotación de capital humano, esencial para competir y conseguir un crecimiento sostenible e inclusivo. El caso de España es suficientemente representativo al respecto, aunque la regresión está siendo casi generalizada en todas las economías desarrolladas. No es necesario abundar acerca de los riesgos derivados del mantenimiento de esa tendencia. Desde luego sobre la estabilidad social, sobre la confianza de la gente en las instituciones. Pero los efectos adversos son también evidentes sobre la propia sostenibilidad del crecimiento económico. De ahí la inquietud creciente al respecto y su tipificación como riesgo global. Estaremos atentos a la evolución postcrisis.

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