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Nunca estudiarás en Harvard aunque tu padre pueda pagarlo

Vik AdNetwork | 11:02 | 0 comentarios

La Universidad de Harvard y el MIT evalúan cada año a 25,000 estudiantes antes de incorporarlos en su institución.

El dinero, así como las amistades influyentes en el mundo empresarial que pueda tener, no le garantizarán una vacante en una escuela de negocios selecta o en un programa exclusivo. Y es que las universidades y escuelas especializadas en este rubro cuentan con filtros y sistemas de admisión que aseguran captar a los mejores.

Según The Wall Street Journal, la matrícula anual en un colegio como Riverdale Country School, en la ciudad de Nueva York, es más caro que un año en Princeton o en Harvard. Y éste ni siquiera está entre los cinco que más cuestan del mundo, entre los que se cuentan los suizos Institut Le Rosey (88.500 euros al año) y Collège Alpin International Beau Soleil, (82.800 euros) o el británico y exclusivo Eton (44.500 euros anuales).

Desde el siglo XVII los estadounidenses importan el modelo Oxbridge (de Oxford y Cambridge), una élite que prepara a los jóvenes desde pequeños en los mejores colegios para que puedan acceder a las principales universidades y a las escuelas de negocios más influyentes.

Cristina Olabarría, directora de admisiones de Esade, recuerda que “este tipo de alumnos tienen muy claro cuál ha de ser su recorrido académico, y se marcan hitos académicos desde muy jóvenes”.

Es evidente que el dinero ayuda a conseguir muchas cosas, pero en el caso de quien pretende entrar en una universidad excelente, en una escuela de negocios selecta, o que quiera acceder a un programa exclusivo, el poder económico ni sirve frente a un argumento definitivo: cualquiera de esas instituciones de prestigio internacional busca, en primer lugar, captar a los mejores. No a los más ricos ni a los que cuenten con altas recomendaciones.

Carlos Cavallé, exdirector general de IESE Business School, explica que “las grandes instituciones como Harvard o el MIT cada año ven a por los 25,000 candidatos considerados los más listos y mejor preparados del mundo por lo que muchas de esas instituciones usan test de admisión como el GMAT”, una prueba estándar que mide los conocimientos del futuro alumno en matemáticas, lengua y escritura analítica y que se realiza a través de Internet.

Cavallé, que ha sido presidente del GMAT, añade que “todas las grandes escuelas se ponen como meta este primer requisito: que el promedio para entrar sea muy alto. Así saben que se están llevando el segmento superior de candidatos que las principales instituciones desean captar. Y esto ofrece un primer filtro”.

Estos sistemas de selección de alumnos tan afinados cuentan con algunos otros filtros. Cavallé sugiere que a una universidad como Harvard pueden llegar otros 3,500 candidatos, con más o menos poder adquisitivo.

“En este caso, se entrevista a toda esta gente. Ya no se busca a los más listos, porque a esos ya los tienen. Ahora van a por los que demuestran más confianza en ellos mismos y miran si esos perfiles encajan en los diferentes grupos”.

Olabarría habla de “mirar a la persona”, y por eso se entrevista a los candidatos, para comprobar que encajan en la forma de hacer, en la metodología y en los valores de la escuela.

Julián Trigo, director de admisiones de IE Business School, considera que “el filtro del proceso de admisión es fundamental y muy independiente. Al aceptar a un candidato, éste queda sometido a una presión tremenda. Ahí no valen las recomendaciones. Si no tiene un perfil adecuado, corre el riesgo de tener que abandonar por una cuestión de bajo rendimiento”.

Trigo añade que para determinar el perfil idóneo “se analiza cómo se ve al candidato en un entorno de diversidad, de manejo de equipos o de toma de decisiones”.

A lo que Cavallé agrega que “todas las instituciones piden, además, cartas de recomendación de personas reconocidas, aunque aquí también hay filtros”.
Trigo cree que “más allá de recomendaciones conocidas, lo que se exige es que sea alguien que apueste por el candidato y que lo conozca realmente”.

Por su parte, Cristina Olabarría recuerda que las recomendaciones “son obligatorias como parte del filtro y sirven para confirmar la validez del candidato. Es como un double check de la decisión que se toma. No influye quién recomienda, sino lo que dice”.

La realidad profesional

De esta manera, por encima del dinero y de otras presiones, lo que cuenta es captar en primer lugar a los más listos; luego a los que ofrezcan un perfil que encaje con la institución y más tarde a los que cuenten con una recomendación verdaderamente eficaz.

Finalmente Cavallé señala que “se fijan en el expediente académico y en lo que han hecho. Aquí cada escuela tiene su truco: para que ese candidato encaje, a una institución le puede servir más que alguien sea un excelente pianista, o que toque el saxofón, antes de que tenga una u otra carrera”.

Olabarría coincide en que “el objetivo principal de las escuelas y universidades top mundiales es captar talento, independientemente de la situación económica del candidato”. Trigo añade que la idea es que “si alguien tiene dificultades económicas y es brillante, pueda entrar”.

Parece evidente que las universidades más prestigiosas o las escuelas de negocios exclusivas abren muchas puertas laborales. The Economist se refería recientemente en How to join the 1% a un libro de Lauren Rivera, profesora de gestión y organizaciones en la Kellogg School of Management -Pedigree: How Elite Students Get Elite Jobs-, en el que ésta recuerda que la mejor manera de entrar en un pequeño grupo de compañías de elite es haber estudiado en el ramillete selecto de universidades de la Ivy League, Oxford o Cambridge. Las empresas gastan millones de dólares bombardeando a estas instituciones con eventos de reclutamiento.

Pero, como suele decirse, no todo el monte es orégano. Rivera cree que aquellos que vienen de un entorno menos favorecido (son los que reciben hasta tres millones de impactos menos que los que provienen de familias cultas) no deben perder la esperanza, “porque los reclutadores tienden a preferir aquellos candidatos con historias de superación de las dificultades. Cada vez más organizaciones ayudan a estos candidatos fuera de las elites a venderse adecuadamente y a triunfar”.

El MBA más caro del mundo: 100,000 euros

Aunque Harvard o Yale son las universidades que se llevan la fama y sus programas figuran entre los diez más caros del mundo, el récord lo tiene Stern, la escuela de negocios de la Universidad de Nueva York, donde cursar un MBA cuesta US$ 104,000. El precio de la matrícula asciende a casi US$ 64,000, a lo que habría que sumarle el alojamiento en el campus (US$ 25,200), ya que el programa exige dedicación completa; por último, el material, los libros, el transporte por la ciudad de Nueva York o un seguro de salud, entre otras cosas, superan los US$ 11,000. Eso sin contar los cerca de dos años que el alumno está fuera del mercado laboral y, por tanto, sin ingresos. Entre los cinco programas más caros del mundo, figuran también los MBA de Wharton (Universidad de Pensilvania), Stanford (California), Columbia (Nueva York) y Tuck (Dartmouth), que superan ampliamente los 90.000 dólares. El precio medio de los programas europeos más elitistas es casi la mitad.

Los centros de elite, cada vez más exclusivos

Exclusividad es sinónimo de rentabilidad por lo que las escuelas más prestigiosas del mundo han endurecido no solo los criterios de admisión, sino también el número de plazas y, por tanto, el de estudiantes que aceptan cada año.

Por ejemplo, de las miles de solicitudes que reciben anualmente las universidades que forman la Ivy League, con Harvard, Yale o Princeton a la cabeza, se ha ido reduciendo progresivamente el porcentaje de aceptación, que se sitúa por debajo del 10% en la mayoría de los casos.

La cada vez mayor dificultad para acceder a las universidades donde estudia la elite de Estados Unidos obliga a los alumnos a prepararse desde la infancia, asumiendo un coste mucho mayor del que supone estudiar en una universidad de este nivel.

Según The Wall Street Journal, para llegar a la Ivy League, primero hay que pasar por varios internados de prestigio, como el suizo Le Rosey, que al año cuesta 88,500 euros; o el colegio Groton (Massachusetts), cuya matrícula supera los 85,000 euros anuales.

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